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Punto de vista

August 26th, 2009 / Personal

Sientes un vacío en el estómago. No sólo es hambre.

Después de varias horas, al fin escuchas mencionar tu nombre.

Con la mayor cordialidad, te invitan a que te cambies de ropa por una mucho más impúdica.

Te pesan, se ríen de las indicaciones que hiciste hace un par de horas.

Te toman tus signos vitales al lado de un niño con ojos llorosos.

La dulce voz de una señora te invita a un paseo en silla de ruedas.

Entras a la dimensión desconocida, donde varias personas se reúnen en torno a cuerpos inmóviles y llenos de cables.

Uno, dos, tres, cuatro: Haz llegado a tu destino.

Te preguntan si tu mano tiembla por el frío. No es así, realmente sientes miedo.

Te conectan a varias máquinas, y a través de sonidos repetitivos escuchas tu vida misma.

Una vena es esquiva para el médico, pero después de varios intentos sientes como te penetra.

Alcanzas a decir un par de frases, después ves cómo se acerca una mascarilla de oxígeno.

Escuchas a lo lejos “respire normalmente”.

Parpadeas.

Cuando abres nuevamente los ojos estas en un lugar muy distinto.

Frío, dolor y una extraña sensación de no saber dónde estas.

Quieres volverte a dormir pero no puedes.

Sientes una mano cálida quien te recibe amablemente.

Bromeas un poco y con el pasar de los minutos poco a poco vas aterrizando.

Ves a tu mamá a quien le brillan los ojos de la alegría.

Con el primer movimiento sientes un profundo dolor.

La anestesia hizo que fueras un poco mas estúpido de lo usual.

Dolor y angustia.

Humildad para darte cuenta que necesitas ayuda hasta para lo mas fácil.

Dolor.

Paciencia, mucha paciencia.

Un eterno agradecimiento a tu mamá y a las personas que se han preocupado en esto que apenas comienza.

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