Los héroes de batallas minúsculas

Mientras estoy saliendo de la curva, siento que me adelanta. Pasa por la izquierda, me mira y justo cuando está a mi lado baja un cambio para comenzar a pedalear mas fuerte. Quiere competir… ¡y vamos a competir!

Esa mañana tenía una tarea que cumplir: debía subir a Patios con una cadencia constante (entre 70 y 80 pedalazos por minuto) vigilando que mi corazón no subiera de 165 pulsaciones. Era un entreno tranquilo, donde tenía que esforzarme un poco para cumplir con el plan.

Cuando comencé el ascenso, me di cuenta que poco a poco me acercaba a un ciclista. Era un señor de unos 45 años, enfundado en ropa Castelli y que montaba una Pinarello Dogma negra con blanco.

Lo seguí por varios metros, vi que mi cadencia era mayor. 162 pulsaciones por minuto, ¿será que lo adelanto?

Cuando estaba cumpliendo el primer kilómetro, sentí que tenía mas velocidad por lo que decidí adelantarlo al momento en que iniciábamos una recta. Mientras lo pasaba, vi que tenía la mirada fija en la vía.

Tomé nuevamente mi camino y seguí la línea blanca. Aunque Patios es un recorrido muy popular, la vía es estrecha y transitan muchos vehículos que en ocasiones no respetan los ciclistas, así que hay que andar con precaución. La subida de 6 kilómetros es constante y hay que saber tomarla, pues se la considera como un premio de montaña de segunda categoría.

Mientras completo el tercer kilómetro del ascenso, siento que mi compañero de la Dogma blanca se está acercando. Pasan los metros y se pega a mi rueda trasera. Comienzo a preguntarme si valdrá la pena aumentar el ritmo para alejarme de él. Pienso en el entreno que estoy siguiendo y también en que ya estoy lo suficientemente grandecito para no estar cazando carreras… Me convenzo y sigo pendiente de la pantalla que me indica que estoy en el límite de las 165 pulsaciones.

Precisamente en el momento en que estamos tomando una curva, el señor de la Pinarello aumenta el ritmo, se ubica al lado mío, baja un cambio y me mira mientras se aleja poco a poco.

Carajo, lo que quiere es correr.

La verdad es que no lo pienso mucho y aunque me tomó por sorpresa, decido subir un poco mi velocidad para mantener el ritmo que ahora me impone. El señor se aleja pero logro mantenerme a unos 3 o 4 metros.

170 pulsaciones. Acabamos de pasar al lado del letrero de Hollywood y comienza a lloviznar. La subida consiste ahora en una serie de curvas que tomo de la mejor forma para no distanciarme más de la cuenta.

Solo faltan dos kilómetros y aunque esto no es el ascenso de Lavaredo (ni yo llego a ser la sombra de Rigo), me tomo las cosas muy en serio. Comienzo a dosificar la fuerza mientras siento el fuerte frío que hace cuando estamos coronando la cima.

Falta un kilómetro y el señor de la Dogma cazó a otro rutero que iba en en una GW blanca. Ahora somos tres los que estamos participando en esta competencia improvisada. Tengo que acelerar para acercarme y no quedar por fuera del remate.

500 metros, 180 pulsaciones por minuto. Los tres estamos pedaleando con fuerza.

La lluvia cada vez es mas fuerte, siento el frío en la cara y en los dedos de las manos. Ahora estoy a unos centímetros de ellos, intento regularme, siento dolor en las piernas.

Vemos el aviso de los 300 metros y todos aumentamos la velocidad. Comienzo a preguntarme si tendré la suficiente energía para rematar con ellos. Intento controlar la respiración pues llega la última curva que precede a un corto ascenso.

Son los últimos metros. Mi corazón late mas de tres veces por segundo. Tengo frio. Me concentro para reunir todas las fuerzas y sorprenderlos rematando.

Bajo un cambio, respiro profundamente y comienzo a pedalear con toda mi fuerza. Paso al lado de mis dos compañeros que no esperaban mi ataque.

Son los últimos 150 metros, mi corazón esta ahora en 195 pulsaciones por minuto. 10 mas que el máximo al que teóricamente podría llegar con mi edad. El de la bici negra y el de la blanca se paran en los pedales para intentar recortar la distancia. Bajo un cambio, yo también me paro y comienzo a pedalear con furia.

La meta no oficial se encuentra bajo el letrero grande que está justo en medio de los puestos donde venden jugo de naranja. Solo faltan unos cuantos metros, me concentro en cada movimiento para generar la mayor fuerza posible. Cuando cruzo la meta miro hacia atrás, veo el rostro de de esfuerzo de mis dos amigos – competidores. Ambos quedaron un par de metros detrás de mi.

Lo logré.

Mientras pedaleo unos metros mas para regular la respiración me encuentro a mis amigos, los tres sonreímos y nos saludamos por el esfuerzo. El señor de la bonita Dogma me dice que se alegra por mi por que pensó que me iba a quedar y que me felicita por el remate.

Los tres somos héroes de batallas minúsculas y por unos minutos nos sentimos como Rigo, como Nairo, como Arredondo, el Bananito o Atapuma. Somos los mismos que gritamos con las carreras de ciclismo o viendo a Marcelo en la copa mundo de downhill, somos los mismos que lloramos con Goga cuando narró la victoria de Nairo, somos los mismos que competimos sin un premio diferente a un momento de gloria, los mismos que vemos las montañas con alegría.

Hasta pronto amigos, espero verlos nuevamente en la carretera.