Escarnio público

Adria Richards estaba en una conferencia de desarrolladores de software cuando escuchó un comentario entre dos asistentes que se hacían bromas tontas. Ella tomó el chiste como propio al sentir una orientación sexista y decidió quejarse en su cuenta de Twitter, junto con un mensaje a los organizadores para que tomaran acciones al respecto:

Estos dos tuits desencadenaron una impresionante reacción entre los miles de seguidores de Aria Richards, lo que provocó un efecto de bola de nieve:

  • Los dos “cómicos” fueron llamados por la organización del evento.
  • Uno de ellos publicó de forma anónima que fue despedido de su trabajo, pidiendo excusas y contando además que era un padre de tres niños desempleado..
  • Adria recibió un sinnúmero de amenazas, provocadas por la reacción de otros usuarios de Internet (incluyendo a 4Chan) que expresaron su desprecio y rabia por la forma en que planteó la situación
  • La empresa emitió un comunicado en Facebook donde despedía a Adria Richards.
  • El sitio web de la empresa para la cual trabajaba Adria sufrió un ataque de DDoS presumiblemente relacionado con las acciones que querían tomar los usuarios indignados.
  • El ingeniero cómico obtuvo rápidamente un trabajo en otra compañía.
  • Adria Richards siguió con su papel de “evangelizadora de software”.

Este no es un caso aislado, sino el ejemplo de muchas otras situaciones donde la comunidad de usuarios de Internet reacciona de forma aireada ante un hecho provocando consecuencias que trascienden los espacios digitales para llegar al mundo analógico.

Hace unos años, Justine Sacco publicó un mal chiste en Twitter con una clara tendencia racista minutos antes de abordar un avión. Mientras volaba, su comentario se hizo viral despertando miles de muestras de rechazo hasta el punto de que su empleador decidiera despedirla de su cargo de Directora de Comunicaciones Corporativas.

Hace unos días conocí el caso de una persona obesa que fue humillada y criticada por su forma de bailar:

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Esta vez la historia tomó un giro distinto, pues una persona de Los Angeles llamada Cassandra Fairbank decidió emprender una búsqueda para ofrecerle una fiesta privada a la que se sumaron Moby y Pharrell Williams.

Hoy en la mañana estalló el caso de Juan Sebastián Toro, un piloto colombiano que en medio de un altercado vial tomó su arma para dispararle al perro de una de las personas con quien estaba discutiendo.

Twitter reaccionó como en las ocasiones antes descritas, poniéndose a favor de la parte que consideran mas débil, ya sea una mujer acosada por dos personas, una persona que estaba bailando o un bonito perro.

Las personas no nos detenemos a analizar la situación, simplemente lanzamos nuestra protesta por lo que consideramos injusto, sin entender el contexto ni mucho menos analizando las consecuencias de nuestros actos.

¿Es esto algo nuevo, propio de días donde estamos hiper conectados? La verdad es que el escarnio público es una de nuestras mas “queridas” tradiciones. En pleno oscurantismo medieval se produjo una impresionante cacería a las personas que pensaban distinto o que, por sus conocimientos, podrían despertar miedos ante aquellos que desconocían sus saberes. Cientos de mujeres fueron asesinadas por ser alquimistas, parteras o cocineras con conocimientos de anatomía o botánica.

Eran las famosas brujas, personas víctimas de una turba enajenada.

Es cierto que de un hashtag hay mucho trecho para llegar a una ejecución sumaria, pero en estos espacios digitales públicos donde la emoción y la inmediatez priman sobre la razón, con medios de comunicación ávidos de los muy peleados pageviews y donde las marcas se sienten tan inseguras que ante cualquier atisbo toman medidas drásticas, deberíamos aprender a mantenernos al margen.

El acoso colectivo, tan divertida en el colegio, toma otros niveles en el mundo adulto y un solo tuit, que en apariencia se pierde en una inmensidad, puede estar rodeado de otros miles que expresan el mismo rechazo, provocando el despido de un ingeniero, el acoso a una mujer, la burla a una persona o el odio a una persona que se dejó vencer de una discusión de tránsito.